Oneohtrix Point Never

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Oneohtrix Point Never R Plus Seven [Warp; 2013]

Conocí a Daniel Lopatin en 2011 con Channel Pressure, su primer (¿y único?) disco junto a Joel Ford, y quedé abducido por su homenaje al sonido, la electrónica y la producción del pop sintético de los 80. Después indagué y vino Oneohtrix Point Never, me sumergí en Replica (2011) y terminé anonadado por sus bucles, sus samplers, su Roland y sus narcóticos drones. Daniel Lopatin, primera generación de inmigrantes de la extinta URSS en los EEUU, vive en Brooklyn –o mejor debería decir en su apartamento de Brooklyn–, donde cocina sus alucinaciones conectado a Internet, enredado entre cables, clavijas, sintetizadores, cajas de ritmo y aparatejos varios, en pijama y envuelto en su edredrón. Estudió biblioteconomía y archivística –dato pertinente, pues finalmente se quedó atrapado en el meta-archivo global de YouTube sin poder salir (como en el “blues de Memphis”)–. Ahí disecciona la red en busca de fragmentos (en ocasiones infinitesimales) de material sonoro (y visual) que samplear, pero Lopatin no se limita a “cortar y pegar” (“Un análisis marxista del sampleo images-15posiblemente podría considerarlo como la forma más pura de explotación del trabajo ajeno”. [Simon Reynolds, Retromanía, Buenos Aires: La Caja Negra, 2011]), Daniel Lopatin, como un doctor Frankenstein, dota de nueva vida a esos pedazos sonoros, los trata, los remezcla y los enreda en bucles interminables creando un monstruo aterrador y sensible y, claro, también imprevisible. R Plus Seven, su primer disco como Oneohtrix Point Never para Warp Records, es un álbum mucho más “amable” que Replica, algo así como la cara dulce del monstruo, –ups, voy a escuchar de nuevo el disco, que hablo un poco de memoria, mala. Los dejo con el vídeo/naturaleza muerta de la juguetona, casi naif, “Problem Areas”, espero volver…

“Problem Areas”

Volví. Y, como Carmencita Johnson, estoy abducido por el monstruo, desconcertado y perdido entre sus costuras, escuchando sus cicatrices, los tornillos de su cuello y su mirada dulce y aterradora a un mismo tiempo. Y decido alejarme del lago por miedo a morir, objeto de su dulzura psicótica, yo también ahogado en las ondas de su música, atrapado entre sus bucles, sus inquietantes coros y su órgano de catedral con la extraña sensación de que bajo el agua hay otro mundo donde viven criaturas nunca antes escuchadas y que me provocan una extraña electricidad que me sube desde los pies (como cuando te bañas en una presa). Ahora soy  yo el que está “atrapado en el loop de Lopatin sin poder salir”. R Plus Seven es, sin duda, una de las experiencias del año.

“Zebra”

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